| |
El Crimen del Siglo es la historia de Colombia en el pasado siglo,
la de su clase política, explotadora de un pueblo acostumbrado a
cifrar su redención en mártires caídos.
Por: Kevin Alexis García
Abraham Lincoln, Luis Carlos Galán, John Lennon, Luther
King, Carlos Pizarro y John F. Kennedy fueron asesinados para
enterrar con sus cuerpos los ideales de sus seguidores. Jorge
Eliécer Gaitán no fue la excepción y por eso, medio siglo después
de su muerte, Miguel Torres se da a la tarea de explorar las
teorías de un magnicidio que en la historia para niños recae sobre
los impulsos de un psicópata que actuó solo.
Cincuenta años después la historia recuerda el nombre de
Juan Rosa Sierra como el héroe villano capaz de sembrar la oscuridad
que hoy nos circunda, recurso perfecto para esconder las
inquisiciones de la política de los años 50, - tan distinta de la
actual-.
Pero si Roa Sierra fue el supuesto autor material del
asesinato, sin más motivación para cometerlo que su propia
desgracia, más valdría que todos nos escondiéramos en nuestras
casas, porque este personaje tiene la destacada particularidad de
ser tan común como la Colombia de abajo: su odisea es la de un
hombre abatido por la vida, en palabras del autor un esbirro, un
guiñapo, sometido por las circunstancias, sin ninguna característica
especial que lo distinga, ni siquiera la de querer un empleo para
mantener a su familia, pues en la actualidad este también es un
anhelo de la masa marginada.
Y así se le ve en la novela, dando vueltas alrededor de la
calle del crimen, en el rebusque para mantener a su amante María y a
su pequeña hija Magdalena, mientras vive arrimado en la casa de doña
Encarnación, su madre. Tal vez el único asomo de arrojo lo tendrá al
dirigirse hasta la oficina del caudillo para pedirle un empleo.
Frente a él se parará un hombre alto, de una voz metálica y firme,
el más destacado abogado de la capital, que, confiado en una
invulnerabilidad que obtenía de su grandeza, se enfrentara al clero
y a la extrema derecha, descuidando lo insignificante: Juan Roa
Sierra.
La historia recuerda que en 1946 los conservadores ganan la
presidencia con Mariano Ospina Pérez, a causa de las diferencias en
el partido liberal, pero en las elecciones al senado el Gaitanismo
obtiene un triunfo aplastante y pasan a comandar el poder decisorio
en el Congreso, en un pulso de fuerzas que debilita al gobierno
conservador. Este revés político desata el odio vindicativo de los
grupos más reaccionarios del conservatismo en aldeas y veredas,
montañas y caminos, pueblos y ciudades de provincia, a manos de
curas, gamonales, terratenientes, policías y guardias
departamentales, con la venia de alcaldes y gobernadores de cuyas
oscuras componendas surgen las temibles bandas de chulavitas,
civiles armados por las autoridades que no sólo asesinan a los
hombres señalados de pertenecer al partido Liberal sino a sus hijos,
esposas, padres, madres y a simples simpatizantes de ideas
liberales.
En ese contexto y ad portas de realizarse la Conferencia
Panamericana en Bogotá, asechan varios depredadores las pieles del
caudillo: la extrema derecha conservadora, el imperialismo
norteamericano, el comunismo soviético interesado en boicotear el
encuentro en la capital y Juan Rosa Sierra. Por eso cuando este
último se paró el nueve de abril afuera de las oficinas del
caudillo, obligado por fuerzas oscuras que tenían desde el acento
más rolo hasta el español más agringado, los demás esperaron como
tigres, apostados en diferentes diagonales sobre la carrera Séptima.
Roa cometió el crimen del siglo, lívido, afiebrado,
pescando el aire a sorbos, tembloroso, perdiendo el resuello en cada
respiración, ocultando en cada gesto las muecas del terror que lo
cubrían, viendo sombras pasando por su lado, escuchando el
inexorable fin de su destino, entre un rumor de pasos y voces
gaitanistas saliendo por el corredor hasta la puerta, descargando
tres tiros secos y atronadores que mandaron a tierra los ideales de
un pueblo.
Sin duda, El Crimen del Siglo es la obra de un escritor con
oficio, nos enseña una literatura que se libró de las garras del
realismo mágico y de la trágica sicaresca, aunque el tema bien
podría prestarse para caer en la última. No hay en la novela
minuciosas descripciones de Juan Rosa Sierra copulando con su amante
María, ni masacres encarnizadas con caños de sangre cayendo sobre la
cara de los lectores, del tipo de esa profusa literatura sicaresca
contemporánea, acostumbrada a distribuir orgasmos y balas bajo el
argumento de contar la realidad nacional. La obra es un crescendo
que sumerge al lector en el universo del forzado asesino, en la
encrucijada de sus miedos, discípulo de una remota intención de
venganza, títere de los poderes de su época, victimario y víctima,
aunque más lo último que lo primero, pues la historia recordará la
muerte de Gaitán como El Crimen del Siglo en Colombia, la de Roa
Sierra como el linchamiento del siglo.
Gaitán muere para convertirse en héroe, mientras Roa Sierra
siente una hidra de mil cabezas golpeando su cuerpo, sintiendo un
crujir de huesos entre sus oídos, un sabor de cobre en la boca, unos
brazos que lo atenazan por las manos, la cabeza y las piernas,
mientras los edificios se retuercen y el mundo comienza a dar
vueltas a su alrededor, entre rostros furiosos, miradas feroces y
encarnizadas, escuchando el grito de asesino entre sus tímpanos
reventados, condenado por acabar con las ilusiones de un pueblo,
acostumbrado a cifrar su redención en mártires caídos. |
|