Inicio / Galería fotográfica

 

Presentación
Crónicas
Entrevistas
Reseñas
Ensayos
Contacto
 
 

 

 
 

 

 

 

 

 

 

Por: Kevin Alexis García 

Entre los cien mil periódicos que imprimen en las madrugadas las modernas industrias editoriales, que se distribuyen apresuradamente por los pueblos y ciudades, para que lleguen en la mañanas a los puestos de venta como pan para el desayuno, y el arrume de papel basura que recogen los indigentes en la noches, solo hay pocos días. En algunos casos horas. Por eso cuando Héctor Lavoe quiso componer la metáfora a un amor olvidado e insignificante pensó en el periodismo. Y en un ritmo contagioso y en un tono alusivo sentenció  varias verdades sobre el oficio: “…tú amor es un periódico de ayer que nadie más procura ya leer. Sensacional cuando salió en la madrugada, al mediodía ya noticia confirmada y en la tarde materia olvidada”. ¿Pudo expresar mejor la crisis del periodismo actual? 

Lavoe masificó y convirtió en sentido común un tema que analistas de medios contemporáneos no alcanzan a resumir en varias páginas: la crisis por la inmediatez de la información, la apatía por la lectura periodística en los lectores contemporáneos, el tratamiento sensacionalista de los hechos por parte de los medios y la amnesia y entropía que generan en la ciudadanía; temas que invitan a cuestionar las lógicas de un periodismo que tiene  a la noticia fría como su principal insumo.  

En la actualidad, los periódicos de mayor circulación en el país traen un cartapacho de entre 20 y 30 hojas que, si acaso, sólo manejan con habilidad nuestros padres o abuelos. La máxima del mercado de  producir más con menos es aplicada por las industrias periodísticas; y parece que la pretensión es abrumarnos cada vez  más de papel con cientos de columnas de letras que anuncian desde la venta de un mueble en Yotoco hasta la explosión de un volcán en el fondo del mar. Pero estas lógicas apresuradas de producción no garantizan el conocimiento y comprensión en los ciudadanos de los hechos que les  acontecen.  Tampoco son garantías los rígidos manuales de estilo que se han reproducido de generación en generación y que veneran como regla sagrada del oficio contar “el qué, el cómo, el cuándo, el dónde y el por qué”. No fue invulnerable el método de la pirámide invertida y su intención de contar lo importante primero y después lo demás. La noticia, el género rey de estas técnicas está en crisis.  

Y en medio de la erosión de lectores contemporáneos aparece el periodismo literario y la crónica como su máxima representante; vapuleada, denigrada, motivo de desconfianza en los grandes medios y de incertidumbre entre los analistas. Y es que la dificultad para comprender el híbrido literario-periodístico que la compone, se ha convertido en un punto de partida para desconfiar de la veracidad de los hechos que aborda.

Lo que desconocen muchos que critican a quienes hacemos crónicas, es que, desde hace mucho tiempo, el cronista dejó de ser el que dibujaba atardeceres sobre las noticias, o pintaba  paisajes tras los hechos. Esto no desconoce que  hagamos un esfuerzo por describir escenas donde la noticia sentencia estadísticas, por narrar la reacción de un personaje donde la información escueta pone un indicador económico.

  Como lo describe muy bien Julio Villanueva Chang, el director de Etiqueta Negra, la principal revista literaria de Suramérica, el cronista “donde escucha una voz, evidencia un carácter, donde siente un olor, anuncia un gusto; donde ve una cifra, expone un modo de pensar. Va de los detalles al conjunto y viceversa”. Un cronista es un recaudador de minúsculas singularidades, con la función de explicar a través de una historia los síntomas sociales de una época. 

El periodismo noticioso destaca el acontecimiento como lo principal, lo anuncia, pocas veces lo describe y cuando lo hace no profundiza en las causas que lo producen. Por eso Ryszard Kapuscinski, el reportero polaco, autor de más de veintiún libros, escritos  desde que cubría noticias para los periódicos, sentencia, sin mayor asomo de conmiseración con sus empleadores que  “estamos sobreexpuestos a los medios pero faltos de información. No es lo mismo estar informado que entender, la información se hace ligera y no perdura. Lo urgente se confunde con lo importante”. 

Para el periodista literario –el cronista-, el tiempo es su mayor insumo. Los hechos pasados, antes que información fusilada y anacrónica, es la fuente jugosa donde se sumerge para extraer historias, hechos y transformaciones.

¿Se han preguntado qué significa la palabra periodista?, preguntó Ignacio Ramonet, director de Le Monde, a un grupo de estudiantes de comunicación social en una charla en Cali. Después del vergonzoso silencio, definió el significado dividiendo las raíces que componen la palabra: “un periodista es el analista de un período”.  

¿Puede un desbocado reportero que estira sus brazos entre las multitudes para ubicar su micrófono frente a la cabeza de un ministro, ser analista de un período? ¿Puede explicar una situación cuando apenas llega al lugar de los hechos? El cronista carece de la inmediatez, no adolece de ella,  su trabajo, antes que ser el de un colorido maquillador de situaciones, combina las técnicas clásicas de investigación, conjuga experiencias y conocimientos para abordar la realidad en un espectro más amplio.  

No significa lo anterior que entre el mosaico de los cronistas o pseudocronistas que cumplen con la cuota mínima de narración en los diarios y revistas, algunos de esos escritos no muestren contextos pálidos y desleídos. No significa que todas las crónicas sean memorables o logren mostrar una experiencia significativa de la condición humana. Para lograrlo, la reportería de una buena investigación también exige de su principal sustrato: el tiempo. El cronista lo emplea para aplicar todos sus métodos, esos  que William Gaines expuso también que llevan su nombre. El Método Gaines sugiere realizar inspecciones o visitas al lugar de los hechos, entrevistas con los personajes, búsqueda de documentos y estudios de la información.  

Un  buen cronista huye cuanto pueda del teléfono y realiza una observación directa de los lugares, conoce itinerarios, recorridos, se impregna de los espacios, toma nota de los detalles, memoriza rostros, climas sociales y temperaturas del ambiente. Realiza conversaciones en profundidad, se sumerge en charlas que hace parecer casuales y recoge testimonios. Busca documentos escritos o visuales, fuentes que, a diferencia de las personas, no cambian sus versiones. Cuando reúne los insumos examina la información, contrasta datos, verifica hipótesis y  establece relaciones entre hechos. 

Cuando culmina su investigación elabora su crónica y si tiene el dominio de las técnicas literarias, nos lanza escenas de altísima significación, dardos certeros que hace parecer dados al azar. Villanueva Chang, en su texto El que enciende la luz, nos ilumina un buen ejemplo, el del periodista Martín Caparrós, el día que asistió a la calles de Lima a cubrir una protesta y vio aparecer mineros con cascos y esposas con bebés en la marcha. Caparrós escribió en su texto: “algunas mujeres llevan cascos, pero ningún minero un bebé”. La descripción de esa escena, anodina en apariencia, transmitió el sentido del machismo y las prácticas de la masculinidad y las relaciones de género entre esa población. Significados estos que los lectores no desenhebran como investigadores sociales pero que interpretan y comprenden. Muchos escritores nunca aciertan en el blanco con sus dados. Otros lo seguimos intentando. Pero la crónica seguirá allí, como un género marginal de los grandes medios. 

Cuando los jurados del Premio Nuevo Periodismo Latinoamericano leyeron los trabajos participantes de todo el continente, emitieron el siguiente juicio sobre los textos colombianos: En la amplia muestra se notó que los medios, en especial las revistas, han dado más espacios para contar historias largas que se esfuerzan para conseguir calidad narrativa. Cuando se reconstruyen sucesos del pasado, anécdotas e historias ya conocidas no consiguen elementos que justifiquen su vínculo con la actualidad.

Algunos textos exageran al usar el sentido de la vista como un elemento imprescindible para narrar, como si sólo se tratara de hacer buenas descripciones. No exploran a los actores de las historias ni conectan los hechos y dejan a un lado la profundidad que la información requiere. Falta en estos casos estrategia de reportería. El problema que se intuye es que no hay una selección de información que permita tener una idea previa de qué es lo importante en la historia y qué es lo que se necesita averiguar. Tampoco, en muchos casos, es evidente que el autor tenga claro qué es lo que quiere contar, sino que al llegar al sitio de reportería simplemente “prende la cámara” y luego ofrece en el texto una sucesión de apuntes, imágenes, etc, sin que, en el fondo, se esté contando una historia.

Las fuentes casi siempre son institucionales y cuando buscan a la gente consiguen testimonios mal puestos en la historia. Se escucha mucho más la voz de los funcionarios, las analistas, las ONG que el de las personas. 

La crónica seguirá denunciando con su ausencia, el desenfoque de las perspectivas que registran la realidad social. Seguirá como una viuda negra que copula con la noticia fría, con la entrevista banal y profunda y con la descripción escueta de escenarios  para tejer una red de situaciones, para engullirlos todos, alimentarse de ellos y seguir viviendo; así sea sin una presencia fuerte en los periódicos. Seguirá siendo una viuda negra en el valle de las moscas marchitas.

 

 

 

Página realizada por Kevin García. Diseño inspirado en Culture on the edge. 2007