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Con Rodrigo D’, La Vendedora de Rosas y Sumas y
Restas, Víctor Gaviria ha alcanzado una trilogía que se ha
convertido en todo un fresco de la marginalidad e idiosincrasia de
las clases populares colombianas…
Por: Kevin Alexis García*
De
niño fue el mejor espectador de su propio padre. Asistía sin falta
al ritual dominical en la sala de la casa para ver las grabaciones
en video de don Emilio, un médico de pueblo que, luego de conocer a
Fabiola, su esposa, trajo ocho hijos al mundo para ofrecerles su
función especial: él apagaba las luces de la sala y con los ojos
llenos de emoción, proyectaba sus propios videos. Aunque no era muy
creativo: las primeras comuniones, la casa por dentro y por fuera y
los cumpleaños. Sin ocultar su emoción Víctor Gaviria rememora
los orígenes de gusto por los filmes realistas. Pero no por
cualquier realismo, porque si con algo ha logrado ocultar su otro
oficio, el de poeta, es gracias a una serie de películas que hoy son
un fresco de la marginalidad e idiosincrasia de las clases
populares colombianas.
Fiebre de cine
Dos
décadas antes de que los espectadores conocieran Rodrigo D, no
futuro (1990), Víctor Gaviria ya revoloteaba por los teatros de
Medellín viendo películas para convencerse de que podía hacer una,
aunque estuviera inscrito en el programa de Sicología de la
Universidad de Antioquia y publicara poesías en Acuarimántima,
una revista literaria de la época.

Con la creación de la Compañía de Fomento Cinematográfico
FOCINE, una fundación dedicada a estimular a los nuevos
creadores, hoy desparecida, en las principales ciudades del país se
vivió una fiebre de cine. En Medellín había una cinemateca en la
que se hicieron unos concursos que se llamaban de cine subterráneo,
que duraron dos años seguidos. Todo el mundo andaba con una fiebre
tenaz: los pintores, los escritores, los poetas, todos hicieron su
peliculita de tres minutos.
Con la apertura a los primeros concursos Gaviria se ganó uno con el
guión Los Habitantes de la Noche, en 1979. Mientras los
lectores tenían en sus manos los versos de Con los que viajo
sueño (1978) y La luna y la ducha fría, (1979), Víctor
Gaviria intentaba convencer a las profesoras de las escuelas
populares de Medellín de que era director de cine y que le
prestaran los niños para hacer un casting.
Antes que
utilizar actores profesionales prefiere buscar a sus protagonistas
entre los niños de la noche, entre los jóvenes que matan por encargo
en las comunas, entre la gente común y corriente que se ve en
cualquier calle de Medellín. Como colombianos necesitamos saber
de las vivencias de otras personas, que conviven con nosotros en una
misma ciudad pero que están en otros espacios distintísimos de
realidad, donde otros nunca han imaginado estar.
En el mes de mayo estuvo en Cali, dictó un taller de teatro y
presentó la premier de lo que se podría considerar la culminación de
su trilogía sobre la violencia nacional. Invitado por el cineasta
Antonio Dorado, asistió a un conversatorio en la Universidad del
Valle, coordinado por el poeta y ensayista Carlos Patiño, profesor
de la Escuela de Comunicación Social de la misma Universidad.
La trilogía
En agosto sus seguidores podrán ver Sumas y Restas y Gaviria
no niega que podría ser la tercera y última de su tipo: la gente
me repite tanto que no haga películas de violencia, que eso termina
por influir en el pensamiento y ya quiero hacer otro tipo de
cine... he pensado trabajar la dignidad y la verraquera de las
familias pobres colombianas.
-¿De
dónde nace la preferencia por los actores reales?
Un
personaje ficticio está hecho de muchos olvidos frente a uno real,
de muchos huecos. Son vacíos no sólo del inconsciente, también de
desinterés. En mi caso prefiero todo lo que se le ocurre a un
personaje real, sus contradicciones, sus conflictos, sus buenos y
malos momentos, cuando no hace nada o cuando logra cosas.
-¿Cómo maneja la tensión entre el respeto por la realidad y sus
pretensiones de director que se mueve en un campo cinematográfico?
El respeto es por las personas y no por los hechos. Los hechos
reales tienen una estética propia que no alcanza a abarcar en su
totalidad la pintura, la poesía o la escultura, tampoco el cine. Los
medios de comunicación filtran la realidad y hablan según la mirada
que tengan de ella. Yo reconozco que busco respetar a las personas,
pero la historia la construyo yo, aunque siempre es basada en la
realidad.
Cineasta
empírico, ahora con una pinta de bonachón cuarentón, Víctor
Gaviria se expresa tan sencillo que su lenguaje se escucha un poco
escueto. Reconoce que trabajar con las personas de la calle termina
por influir en sus expresiones, pero también se entiende que es una
forma de crítica a las altas élites intelectuales. En este país
hay un arribismo intelectual tan berraco que la gente ya no hace
cine por lo que ve en la vida real, sino por lo que ve en otras
películas que traen de afuera. Por eso él busca escribir
sus guiones con un lenguaje particular. El mismo con el que
descubriera en relatos y versos que El campo al fin de cuentas no
es verde, (1983), probara El pulso del Cartógrafo,
(1987), y nos mostrara El rey de los espantos (1993).
De amor y odios
Las películas de Víctor Gaviria tienen la especial particularidad de
no pasar desapercibidas. Despiertan amor y odios. Quienes ven en los
filmes de violencia una forma de exacerbar los conflictos, no
encuentran en Gaviria su mejor director. Los espectadores que, por
el contrario, consideran que el cine también debe ser un espejo para
reflejar la vida real, ven en este director un especial interés por
cuidar los detalles de sus personajes y lograr una gran
verosimilitud. Sumas y Restas, sin ser estrenada, ya fue
seleccionada en el Festival de San Sebastián y el Festival de
Toulouse. El Festival de Miami le dio los premios a Mejor Actor y
Mejor Película y el de Cartagena lo premió con Mejor Director, Mejor
Actor y Mejor Película.
En Sumas y restas los espectadores podrán entablar un diálogo
con Víctor Gaviria, a través de la historia del narcotráfico en
Medellín en la primera mitad de los ochenta. Con un desparpajo
desconcertante se puede observar una representación de la realidad
cruda de Colombia y el imaginario social de una población emergente,
con una estética propia, irrumpiendo turbulentamente en el acontecer
nacional; mostrando
un elenco
encarnado por seres que han vivido la historia o han sido testigo de
ella y que representan el mundo violento y dramático de la sociedad
colombiana.
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