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Levantó su pluma donde otros alzaron las armas, derramó su tinta
donde otros derramaron sangre y recogió historias y testimonios
de vida donde otros arrojaron cadáveres. Ryszard Kapuscinski
llegó por primera vez a Colombia, pero no sólo para presentar su
libro Los cinco sentidos del periodista; trajo consigo la
trayectoria periodística de toda una vida, tan extensa y
profunda que lleva veintiún libros compartiendo sus vivencias…
Sus penetrantes ojos negros se pasearon por la segunda
mitad del siglo XX, presenciando los hechos que hoy reposan en la
historia de la humanidad. Ha visto de todo, desde la invasión nazi a
su natal Polonia, cuando él sólo era un niño, pues siete años atrás,
el 4 de marzo de 1932, nacía en Pinks, hoy territorio de
Bielorrusia. Sus años de infancia transcurrieron entre
desplazamientos, hambre, angustia y muerte. “Mi mundo natural era la
violencia, mis años juveniles pasaron en la segunda guerra mundial;
no podía imaginarme el mundo sin la guerra”. Esa experiencia lo
ayudó a sobrevivir a 27 revoluciones, 12 frentes de guerra y cuatro
condenas a fusilamiento.
Como corresponsal de la Agencia Nacional Polaca PAP llegó a
cubrir noticias hasta en cincuenta países de sólo el continente
africano. Kapuscinski fue de la época romántica en que el periodista
era un vagabundo profesional, ese que se internaba en las regiones
más escondidas del planeta, donde no llegaban los modernos medios de
comunicación, para aparecer días o meses después con el registro de
hechos desconocidos. La época en que el periodista era un
intelectual bohemio, amante de su profesión y admirado por la
sociedad, que llegaba donde nadie más llegaba. Él llegó donde muchos
no llegaron pero la bohemia la cambió por el interés de perfeccionar
las historias que escribía para su periódico y, posteriormente,
conservarlas en libros que hoy dan cuenta de su obra periodística.
Cubrió conflictos en África, Asia y América Latina desde
1950 a 1981, motivado por el interés de comprender por qué algunos
países pueden vivir en medio de la más exuberante riqueza, mientras
otros agonizan entre las guerras y el hambre. Pocos como él
recorrieron las calles de Santiago de Chile, ensangrentadas durante
el derrocamiento de
Salvador Allende. Del otro lado del mundo presenció la
revolución en Irán y tras sentir una saludable inconformidad por las
restricciones de espacio y estilo que le imponía su periódico, nos
legó su libro El Sha o la desmesura del poder, donde narra en
detalle el caos iraní durante la caída de Reza Palhlevi.
En el continente africano cubrió la guerra en Luanda, pero
le fueron insuficientes las ochocientas palabras que le pedía la
agencia para explicar el conflicto de un país rico en petróleo,
donde sus habitantes se morían de hambre, mientras que las
multinacionales norteamericanas extraían sus riquezas y los líderes
políticos encendían la guerra civil. Se adentró en las grietas del
conflicto donde la guerra, como la peor de las pestes, arrasó todo a
su paso. Allí escribió Un día más con vida, obra que considera su
mejor reportaje.
Mientras las guerras continúan, el mundo escucha los
testimonios y el pensamiento de Kapuscinski. Tan crítico de la
violencia como de las formas de ejercer el periodismo; odia las
entrevistas, las considera la forma más facilista de hacer un texto,
presentando una pregunta con su respuesta y cree que es la manera
más propicia para ocultar la posición del reportero que, reduciendo
sus intervenciones a la simple pregunta, genera la apariencia de ser
objetivo. Para Kapuscinski, el periodista debe recoger los
planteamientos de su entrevistado y presentarlos de tal forma que
permitan conocer la interpretación que ha hecho de ellos.
Un hijo de la guerra y el periodismo
Después de la segunda guerra mundial, Kapuscinski anduvo de
conflicto en conflicto, yendo de un desastre a otro. Esa experiencia
le ayudó a comprender que en la guerra no hay vencedores, todos
somos vencidos porque hacemos explícita nuestra incapacidad para
encontrar mejores formas de vida.
Para Kapuscinski la guerra es el banquete de la
irracionalidad y el horror. El soldado en combate es un hombre
totalmente irracional, un hombre capaz de asesinar sin
discernimiento, un hombre miedoso por su propia vida.
Piensa que la guerra es la degradación del hombre al mismo
nivel que la bestia. Cada guerra es una derrota para todos. No hay
ningún vencedor. He visto muchas guerras, pero recuerdo
especialmente cómo acabó la II guerra mundial. Los primeros días
fueron de euforia, pero luego fue saliendo a la luz la enorme
destrucción que había causado: salieron los mutilados, los niños
huérfanos, las ciudades heridas y arrasadas, la gente
irremediablemente enloquecida…En su libro Ébano muestra quiénes son
las principales bajas en los enfrentamientos: niños solos y
abandonados van allí donde se estacionan las tropas, donde hay
cuarteles, campamentos o etapas. A fuerza de ayudar y trabajar,
acaban formando parte del ejército: son hijos del regimiento.
Reciben un arma y no tardan en pasar por el bautismo del fuego. Sus
colegas mayores, también niños, a menudo se muestran perezosos, y
cuando hay una batalla con el enemigo a la vista, mandan a los más
pequeños al frente, a la primera línea de fuego. Estas escaramuzas
armadas resultan encarnizadas y sangrientas, porque el niño carece
del instinto de conservación, no siente ni comprende el horror de la
muerte, desconoce el miedo que sólo la madurez le hará conocer.
Kapuscinski y el poder
Aunque ha conocido a algunos de los hombres más
sanguinarios, tiene una especial idea del poder. Para Kapuscinski,
todos en el mundo dependemos del poder. No se puede imaginar la vida
de un hombre alejado del poder. Pero pensar sólo en el ejercido por
el Estado, demuestra una visión muy reducida. En la vida familiar
existe poder, también en la universidad y en el barrio. El poder
existe con nosotros y siempre estamos pasando de un poder a otro,
así que es ingenuo esperar vivir sin el; por el contrario, lo que
necesitamos es una mejor calidad del poder. El afecta la calidad de
nuestras vidas. El poder goza de nuestra inocencia cuando no estamos
organizados socialmente. Debemos comprender el poder como algo muy
íntimo que afecta a nuestras vidas, algo muy ligado a nosotros, ante
el cual debemos actuar.
Trayecto de un periodista
Kapuscinski habla en forma clara y profunda. A sus
diecinueve años se licenció en Historia, tiempo en que empezó a
escribir poesías. Su mayor pasión es el estudio de la filosofía,
habla 7 idiomas y sus libros han sido traducidos a 32. En la
actualidad colabora para The New York Times y la revista Time. El
año pasado ganó el premio Príncipe de Asturias en la categoría de
Comunicación y Humanidades. Entre su extensa obra ha escrito libros
en los que reflexiona sobre el periodismo, entre ellos, uno titulado
Los cínicos no sirven para este oficio. Invitado por la organización
de la Feria del Libro, vino para presentar su última obra Los cinco
sentidos del periodista (estar, ver, oír, compartir, pensar),
producto de los talleres que dictó para la Fundación Nuevo
Periodismo en México, Argentina y Cartagena. Kapuscinski habla de
las prácticas periodísticas.
El periodismo se desviste: una ventana indiscreta o una autocrítica
necesaria.
Asistimos a la era de las transformaciones y el periodismo
no es ajeno a esto. En momentos en que los más prestigiosos medios
de comunicación del mundo como la BBC y The New York Times han
enfrentado escándalos por la veracidad y el manejo de la
información, Kapuscinski nos dice que los periodistas tenemos en
nuestras manos un arma muy poderosa, de doble filo, que puede salvar
pero también matar y por eso el periodista no debe ser neutral, debe
ser un militante a favor de la humanidad.
En su nuevo libro menciona algunos problemas que aquejan
este oficio. Como ciudadanos estamos encerrados por la información
que nos presentan los medios y de allí la gran responsabilidad del
periodista, que muchas veces sólo se queda en describir la realidad
sin profundizar en las causas que la producen. Para Kapuscinski el
periodismo es una escritura de todos: los que hacen la noticia, los
que son narrados por el periodista y los lectores que la leen.
Vivimos en el mundo de la velocidad, muchos acontecimientos
suceden simultáneos hasta hacerse incomprensibles. El entendimiento
del mundo escapa de nuestras manos. Acumular una enorme cantidad de
información no sustituye el razonar sobre ella; la velocidad consume
la información y el perjudicado es el lector que se considera
informado por un periodista que, a duras penas se entera del hecho.
Estamos sobreexpuestos a los medios pero faltos de información.
Debemos comprender que ver no es lo mismo que entender, la
información se hace ligera y no perdura. Lo urgente se confunde con
lo importante.
Se hace necesario promover una nueva ética periodística que
haga saber al lector las limitaciones de este oficio. Para
Kapuscinski la objetividad no existe. Los lectores deben comprender
que como periodistas intervenimos en la información que presentamos.
Decidimos la jerarquización de la información, los puntos a resaltar
y aquellos que por diferentes motivos no saldrán en el texto final.
La información que no sale por motivos de espacio o tiempo casi
siempre es mayor que la incluida en el texto final, situación
favorable al rigor informativo, pero propicia para el tratamiento
deliberado del hecho.
El periodista antes que periodista debe ser un humanista,
debe vivir sediento de nuevos y diversos conocimientos. Debe
establecer su propio código de ética y sobre todo, dar prioridad a
la comunidad, antes que dejarse reducir por su oficio.
Ryszard Kapuscinski llegó al país trayendo consigo todo su
reconocimiento, pero antes que centrarnos en su imagen, debemos
sustraer el sentido de su visita: como el nombre de la fundación que
edita su libro, urge la emergencia de un Nuevo Periodismo. |
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