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Un cronista tiene que  contribuir a hacer memoria de su vida, de su entorno y de la región que le tocó vivir. 

Por: Kevin Alexis García* 

Cuando las revistas Gatopardo, Soho, Elmalpensante o Etiqueta Negra quieren publicar un trabajo periodístico de largo aliento y calidad narrativa, piensan en Alberto Salcedo Ramos. Y él, que ya ve sus crónicas publicadas en las antologías del periodismo colombiano, empaca sus cosas y se interna en  las tierras calientes de Villavicencio, en las playas desnudas de Tumaco, en algún pueblito olvidado de Tolima, en los pasajes interminables de Ciudad Bolívar o en el polvo seco de una plaza de toros.  

Viaja cientos de kilómetros para encontrar a  la mujer ultrajada por el tiempo que envejece a diario frente a un televisor sin haber escuchado la palabra te amo; al hombre que nació enano y sobrevive gracias a la risa que despierta su propio infortunio; a los niños que caminan en la arena desnuda con el sueño de suceder algún día  a Valderrama; al anciano que vive de contar chistes en un velorio, mientras sobrevive en la mayor pobreza  y abandono.

Son seres de carne y hueso, obligados a levantarse cada mañana con el pie derecho. Ciudadanos que poco tienen de exitosos como Shakira, que no han asesinado con motosierras o cilindros de gas, que no visten de corbata ni tienen puestos en la burocracia política; que no interesan a los medios tradicionales, a no ser para figurar en las historia lastimeras y amarillistas.

Salcedo Ramos los escucha, los acompaña en sus cotidianidades, se entera  de sus sueños, de sus pequeños triunfos y fracasos, de los lugares que habitan y  sus atmósferas. Por eso sus crónicas evocan un sentido más humano que la mayoría de hojas de periódico que reposan en las noches en las canecas de la basura.

“He decidido hacer un periodismo que se ocupe de contar el verdadero país. Hoy en día prima más lo espectacular, que lo realmente importante. Cuento historias de vida, de gente anónima y golpeada que increíblemente no renuncia al duro oficio de vivir”. 

Esto lo dijo en una mañana tibia de noviembre, cuando más de treinta caleños nos congregamos durante tres días, para aprender su técnica y su mirada sobre el oficio, en el marco del Seminario El Periodismo, la Literatura y la Ciencia 

Trayectoria de un contador de historias

Desparpajado, sencillo y alegre, Salcedo Ramos no ocultó su satisfacción por participar del seminario y  transmitir sus saberes.  Uno no enseña literatura sino el amor por la literatura, creo en la posibilidad de enseñar a través de la motivación. La docencia te hace sentir vivo y uno se contagia de la juventud y la alegría.

Ha publicado los libros “El Oro y la Oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé”, “De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas”, “Los golpes de la esperanza” y “Diez juglares en su patio”, este último en compañía de Jorge García Usta. Y sus publicaciones lo han hecho merecedor, entre otras distinciones, del Premio Internacional de Periodismo Rey de España, del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar (en tres ocasiones), del Premio al Mejor Libro de Periodismo del Año, otorgado por la Cámara Colombiana del Libro, y del premio al  Mejor Documental en la II Jornada Iberoamericana de Televisión, en Cuba. Su perfil “El testamento del viejo Mile”, fue uno de los cinco finalistas del Premio Nuevo Periodismo, seleccionado entre 470 concursantes de 21 países.  

Reflexiones en el taller de crónica

Salcedo Ramos concibe la crónica como un texto narrativo e interpretativo que busca abordar una historia cotidiana, para representar, a través de ella, aspectos significativos de la condición humana. En la crónica se destaca la mirada de quien escribe y su perspectiva para abordar el hecho. Un cronista usa recursos literarios para cumplir una función periodística. “La literatura es una forma de catarsis, construye  un mundo de ficción que nos ayuda a escapar del mundo verdadero, mientras el periodismo busca comprender el mundo y  retratarlo. Ambas son labores bien importantes”.

Para el periodista literario –el cronista-, el tiempo es su mayor insumo. Los hechos pasados, antes que información fusilada y anacrónica, es la fuente jugosa donde se sumerge para extraer historias, hechos y transformaciones. Como lo describe Julio Villanueva Chang, el director de Etiqueta Negra, revista literaria de Perú, el cronista “donde escucha una voz, evidencia un carácter, donde siente un olor, anuncia un gusto; donde ve una cifra, expone un modo de pensar. Va de los detalles al conjunto y viceversa”. Un cronista es un recaudador de minúsculas singularidades, con la función de explicar a través de una historia los síntomas sociales de una época.

La palabra crónica viene de la raíz griega cronos, que significa tiempo. En ella el autor además de informar un hecho, busca narrar con un nivel de detalle que permita dibujar en la mente del lector el hecho descrito; por eso, antes que ser un fotógrafo que retrata la realidad, es un pintor que la interpreta con sus lienzos.

Un buen cronista  se documenta antes de iniciar una investigación, huye cuanto pueda del teléfono y realiza una observación directa de los lugares, conoce itinerarios, recorridos, se impregna de los espacios, toma nota de los detalles, memoriza rostros, climas sociales y temperaturas del ambiente. Cuando termina su investigación aplica las técnicas de la literatura y  recurre a la metáfora, la comparación, la paradoja, la contrastación, la ironía o la sinécdoque para construir un significado que trasciende más allá de la noticia.

Un cronista se forma leyendo buenos referentes de periodismo y escribiendo, buscando la forma de contar con una voz propia el mudo que le rodea. Salcedo Ramos se fue de Cali, dejando en los talleristas conocimientos técnicos y la motivación para contar historias. En momentos en que los grandes periódicos tienen a la noticia fría como su principal insumo, sus enseñanzas se convierten en una alternativa más humana para mirar a Colombia.

 

 

 

Página realizada por Kevin García. Diseño inspirado en Culture on the edge. 2007