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Mientras las Naciones Unidas alertan al mundo por la posible
desaparición de 18 pueblos indígenas en Colombia, las comunidades
del Norte del Cauca reclaman con caucheras y bastones de mando para
que el Estado les entregue la tierra que les prometió como
indemnización por la masacre de El Nilo. El costo de estas luchas es
alto y ya deja decenas de nativos heridos y varios muertos.
Por: Kevin Alexis
García, Carolina Abadía /
Fotos: Andrea Mesa Villegas
Una fría mañana de diciembre de 1991 alrededor de 50 indígenas del
norte del Cauca recibieron la orden perentoria de retirarse de la
hacienda El Nilo, lugar donde cumplían cuatro años resistiendo para
que el Incora comprara los predios y redistribuyera las tierras. La
dueña, cansada de esperar la propuesta gubernamental, había vendido
la propiedad a la sociedad antioqueña Tierrablanca y ésta exigía de
inmediato la retirada de los nativos.
De los resguardos de Lopezadentro y Pilamo bajaron indígenas hasta
El Nilo para acompañar a los ocupantes y tranquilizarlos frente a
las advertencias para que se retiraran en menos de 24 horas o
asumieran las consecuencias. Esa noche los nativos paeces comieron y
se dijeron palabras de confianza para mermar el susto. Pero las
amenazas se cumplieron y en la madrugada del 16 de diciembre se
escucharon varios disparos en la parte alta de la hacienda. Algunos
indígenas corrieron desbordados entre los matorrales, como Rafael
Coicué, un joven menudo de 18 años que se fugó entre una quebrada.
Su hermano Darío no tuvo la misma fortuna y fue tendido en el suelo
y silenciado con un tiro en la espalda. Otros 19 indígenas corrieron
la misma suerte.
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Colombia fue la única nación latinoamericana que no votó
favorablemente la Declaración mundial de la ONU para
proteger a los indígenas y que fue acogida por 143 países de
todo el mundo.
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Al día siguiente los resguardos de Santander de Quilichao,
Pitayó, Huellas, Toribío, San Francisco, Tacueyó, Corinto,
Tierradentro y Vitoncó, desfilaron con sus víctimas. El
joven Rafael, que para esa época, no tenía mayor
conocimiento del proceso de su pueblo, decidió que su vida
sería la lucha por la reivindicación de su comunidad. Cuenta
que “había que meterse a las fincas porque esa era la única
forma para que el Incora comprara tierras, presionando desde
adentro. En los 80’s se encontró mucha lentitud y falta de
voluntad por parte de este organismo”. 1991 es el año que
lleva a la comunidad Paez, con el dolor de una masacre a
cuestas, a organizarse y entender que más que recuperar se
debía liberar a la tierra, a la madre. |
Desde entonces, las comunidades indígenas del Cauca, fortalecieron
su causa. Así lo venían haciendo desde 1970, luego que decidieran
organizarse para exigir la devolución de sus terrenos y la garantía
de sus derechos fundamentales. Comprendieron que la única forma de
que el gobierno los escuchara, sería ocupando los predios de
terratenientes y presionando al Incora para que los negociara. Sólo
veinte años después y gracias a la constitución del 91, el Estado
reconoció la condición pluriétnica y pluricultural de Colombia.
Pero, fue gracias
a la
Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA que el Estado
reconoció una indemnización social por la masacre de El Nilo, con la
adjudicación de 15.663 hectáreas para los indígenas a entregar entre
1992 y 1994. A más de una década y tras continuas protestas, el
Estado aún no cumple a cabalidad con la indemnización.
Memoria del desarraigo
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A pesar de que el gobierno se comprometió a adjudicar
15.663 hectáreas para los grupos indígenas entre 1992 y
1994, catorce años después las comunidades siguen luchando
por su cumplimiento.
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Durante siglos los indígenas han sido expropiados de sus
territorios y durante las últimas décadas han padecido
fuertes procesos de concentración de la tierra por parte de
terratenientes, narcotraficantes y monopolios económicos.
Por eso desde 2005, ante el incumplimiento del Estado, los
nativos reiniciaron lo que llaman “la liberación de la madre
tierra”.
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Mientras
sus luchas, como bloqueos y protestas, son informadas en algunos
medios de comunicación en contextos desleídos y casi vandálicos, la
comunidad indígena del norte del Cauca poco tiene de improvisada.
Por el contrario, han consolidado fuertes procesos comunitarios de
comunicación, salud, cohesión social, y, a pesar de que no han
recibido ningún auxilio del gobierno para el manejo de sus terrenos,
han diseñado un plan de preservación para la diversidad y la
subsistencia. Ven la lucha más allá de una posible rentabilidad
económica; es una cosmovisión, la tierra es vista como un territorio
con poblaciones campesinas, afrodescendientes e indígenas que
reproducen sus culturas y aportan al país y al mundo agua, aire,
seguridad alimentaria, recursos renovables y no renovables.
Rafael Coicué,
metáfora de un pueblo
A
Rafael se le vio en Bogotá, en diciembre de 2007, recibiendo el
Premio de Periodismo de la revista Semana al mejor proceso
comunitario. Hacía parte del Tejido de Comunicaciones de la
Asociación de Cabildos Indígenas. De piel cobriza, estatura corta y
bigotes delgados, Rafael inquietaba por esa malicia indígena de su
mirada y por su gran capacidad para opinar sobre los problemas del
país. Por eso hoy, cuando se acerca por un camino de Guabito,
Corinto, con su rostro triste y sus ojos cubiertos por unas gafas
oscuras y enormes, parece otra persona.
El 4 de julio un grupo Nasa se enfrentaba con el Escuadrón Móvil
Anti Disturbios de la Policía por la ocupación de la hacienda La
Emperatriz, ubicada en la zona rural de Caloto, en la vía
Panamericana. Rafael Coicué, capitán del resguardo de Lopezadentro,
encargado de organizar la logística y convocatoria de una audiencia
pública en Corinto, iba en su moto por la carretera y llegó a la
zona de la confrontación cerca de las nueve de la mañana. “Esperé a
que pasara un poco la pelea y me dirigí a Santander a ultimar
detalles de la audiencia de Corinto”.
De regreso por la misma carretera y creyendo estar a salvo, notó que
se encontraba en medio del enfrentamiento. “La tanqueta se vino
hacia mí echando agua, mientras los antimotines disparaban unos
gases recalzados, que llenan de puntillas, vidrio y balines. De
pronto sentí como un quemón en la vista, cuando me mandé la mano, vi
sangre y un líquido como blanco. Esa bala me entró, me destruyó el
nervio óptico, pasó al otro lado y se alojó en la parte posterior
del cráneo”. Ese día Rafael Coicué perdió su ojo izquierdo y se sumó
a la lista de heridos severos que deja esta lucha.
Mientras
la policía retiraba los agentes heridos por las caucheras indígenas,
los gastos médicos de Rafael fueron asumidos por la comunidad paez,
pues por la perpetración nadie responde. Esta vez sólo perdió un
ojo, no como en el 91, cuando su hermano Darío fue asesinado con 19
indígenas más. “Después de la muerte de mi hermano aprendí lo que
era la resistencia porque estaba un poco desubicado, comencé a
entender y a luchar por la liberación de la madre tierra”. Como
Rafael, en los últimos años alrededor de 25 nativos han recibido
lesiones severas durante los procesos de ocupación de territorios o
“liberación de la tierra”. Los nativos denuncian que en los
enfrentamientos la policía Anti Disturbios recalza con balines y
tornillos sus bombas lacrimógenas, denuncia que es negada por esta
institución.
Una advertencia
por la vida
Bruno Moro,
representante en Colombia del Programa de Naciones Unidas para el
Desarrollo (PNUD) ha llamado la atención del mundo por la
“emergencia humanitaria” y posible desaparición de 18 pueblos
aborígenes de nuestro país, ubicados, especialmente, cerca al
Amazonas. Pero no sorprende esta advertencia cuando se comprende que
Colombia fue la única nación latinoamericana que no votó
favorablemente la Declaración mundial de la ONU para proteger a los
indígenas. Ésta ofrece garantías a más de 200 millones de personas
del planeta en temas como autonomía, autogobierno, territorios
tradicionales y prácticas religiosas. El gobierno colombiano se
abstuvo de votar con el argumento de que no se incluyeron algunas
precisiones en temas como el ingreso de militares a las zonas de
nativos y la autonomía territorial de estos pueblos. Sin embargo, la
Declaración fue acogida por 143 países de todo el mundo.
Las promesas incumplidas
Los
hechos acaecidos en el predio de El Nilo llevaron a que la comunidad
indígena paez se organizara y exigiera al gobierno, respuestas y
justicia. El 23 de diciembre, el Estado colombiano en cabeza del
presidente César Gaviria, reconoce la responsabilidad de algunos
miembros de la fuerza pública en la perpetración de la masacre. Con
la entrega de 15.663 hectáreas de tierra plana, la reparación a las
víctimas y en general a la comunidad Nasa, estaría completa. Sin
embargo, en 1996, ante el incumplimiento estatal, la comunidad Nasa
denuncia la masacre de los comuneros indígenas ante la Corte
Interamericana de Derechos Humanos, la cual ratifica la obligación
del gobierno de compensar a los Nasa. Diecisiete años después, de
ese compromiso territorial sólo se ha entregado el 50% de las
hectáreas, en terrenos de ladera con erosión severa.
En 1998, el presidente Ernesto Samper, en acto público, pide perdón
a las comunidades indígenas del Norte del Cauca por el
incumplimiento y el olvido al que fueron condenadas por parte del
Estado y suscribe el Acuerdo 982 en el que no sólo reafirma la
entrega de tierras planas, sino presupuesto para el desarrollo de
proyectos de educación y salud en los resguardos paeces. El
presidente Pastrana retomaría el compromiso asumido por el gobierno
anterior, destinando anualmente entre mil y dos mil millones de
pesos a la compra de tierras.
En el gobierno de Uribe el proceso de compra de tierras se detiene.
El argumento: los paeces ya tenían mucha tierra y el gobierno no
poseía los recursos para la compra de predios. Pero la realidad Nasa
exponía otra cosa, como lo cuenta Rafael: “Hasta el año 2002 se
habían comprado alrededor de 9000 hectáreas, las cuales ya estaban
posesionadas por la comunidad indígena hacía 20 años. Ellos sólo las
legalizaron. Nosotros reclamamos tierras nuevas en la parte plana y
no en la parte alta, pues existen miles de familias paeces sin una
hectárea de tierra”.
En 2005 los cabildos indígenas del Norte del Cauca, cansados de
esperar una respuesta y de reclamar lo convenido inician el proceso
de liberación de la madre tierra, en la hacienda La Emperatriz.
Alrededor de 1000 paeces ocupan pacíficamente los predios durante
esa primera semana de septiembre, en la que no faltó la
confrontación con la policía. 35 paeces fueron heridos y 16 más
judicializados.
Finalmente, el ministro del Interior, Sabas Pretelt de la Vega junto
a las autoridades indígenas reconoce el 13 de septiembre, los
acuerdos firmados en los anteriores gobiernos, comprometiéndose a
que en un término de dos años, el Estado compraría las hectáreas
restantes de las 15.663 prometidas en el 91. En la actualidad el
gobierno sigue sin cumplir en su totalidad la indemnización para
estos pueblos del Cauca.
La tierra prometida
Más allá de la
información brindada cotidianamente por los medios, los Nasa liberan
a la madre tierra por un compromiso ancestral. La situación actual
del campo indigna a los paeces. Mientras la concentración de la
tierra está en manos de pocos propietarios, afros, campesinos e
indígenas de Colombia luchan en sus pequeñas parcelas por conseguir
el sustento diario para sus familias. En el caso del Norte del
Cauca, Incauca, Smurfit Cartón de Colombia y toda una serie de
multinacionales han adquirido grandes extensiones de tierras planas
para la producción de caña de azúcar, pino, eucalipto, palma
africana y para la extracción de minerales. La sobreexplotación de
los suelos preocupa a los indígenas paeces, quienes ven cómo
importantes nacimientos de agua de la cordillera son contaminados y
desviados para la irrigación de cultivos.
“La tierra hoy está en pocas manos, reservada en gran parte para la
producción de agrocombustibles. No es casualidad que estemos ante la
escasez de alimentos. Los Nasa reclamamos el derecho de protegerla,
a una reforma agraria justa y equitativa para los sectores menos
favorecidos del país, el cumplimiento de los acuerdos y promesas
realizados por el Estado. No podemos acabar con la vida y seguir
atacando a nuestra madre” dice Rafael, con aire pausado y profunda
convicción.
De las tierras liberadas y legalizadas por el Estado, el 82% es de
vocación forestal, lo cual no permite el desarrollo de la producción
agropecuaria. Lo correspondiente a tierras planas llega a un 12% sin
capacidad de expansión y el Instituto Colombiano de Desarrollo
Rural, ha dicho que las 13.500 familias de la región necesitan 39
mil hectáreas más para sobrevivir.
Con las tierras
liberadas, los Nasa han iniciado la recuperación y conservación de
nacimientos de agua para la biodiversidad; los resguardos trabajan
en la puesta en marcha de proyectos agroproductivos comunitarios.
Rafael se cubre su ojo y nos cuenta que las liberaciones seguirán,
sin importar que se acuse a su comunidad de estar manipulada por
fuerzas externas. Para los Nasa, la libertad del territorio es el
nacimiento de la libertad de los pueblos.
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