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La guerra desatada entre las mafias narcotraficantes del  Cartel del Norte del Valle, uno de los más poderosos del mundo, ha generado una ola de dolor  en una hermosa región del Suroccidente colombiano, transformando sensiblemente la vida en la región. Bajo los rostros amables de los pobladores, se esconde la epidermis de un tejido social turbulento y herido… 

Por: Kevin Alexis García 

Carlos, un joven de 21 años, está desempleado, el asesinato de Chamorro, un sicario relacionado con más de 500 homicidios, lo dejó sin trabajo. Su tarea de vigilar todo lo que pasa en  las calles de Cartago, un municipio del Norte del Valle, en el Suroccidente colombiano, ya no será remunerada. Antes tenía una moto, un arma de dotación  y un salario mensual; ahora no sabe qué hacer, además de permanecer escondido en las casas de sus amigos y en la de su madre, donde su mujer y sus dos hijos subsisten con sus ingresos.

Está esperando  que todo vuelva a “la normalidad”, cuando el Estado colombiano termine las persecuciones contra  los capos de la droga de la región y otro patrón llegue rápido al pueblo para engancharse de nuevo. 

***

Hacia la periferia uno camina al lado de una serie de bodegas altísimas donde funcionan las trilladoras de café. Los rayos del sol atraviesan las ventanas y calientan  las puertas metálicas y las fachadas. Sobre la carretera se marcan las siluetas de hombres cobrizos y descamisados, cubiertos por una mezcla espesa de polvo y sudor, entrando y saliendo  con las espaldas arqueadas por bultos repletos de  café.

Años atrás, antes de la tecnificación de las trilladoras, estas bodegas de café estaban llenas de mujeres vestidas con delantales, sentadas sobre una larga plataforma, retirando con sus manos los granos verdes y malos. Mujeres que generaban ingresos para el sustento de sus casas, en los barrios pobres del municipio. Como  Amparo Zuluaga que  desde hace 16 años vive  en un apartamento con un único cuarto y una cocina de paredes agrietadas que se desmoronan por poquitos, en compañía de  su marido y sus cinco hijos.  

Se recoge su cabello en una moña agreste y se inclina sobre un pequeño lavadero de cemento para quitar el tizne de sus ollas. En medio de un olor penetrante a  metal y una humedad que se filtra desde el baño  hasta la cocina y que ella pareciera no sentir, Amparo relata su historia. El 31 de diciembre de 2003 su hija mayor,  Lina Maria Betancur Zuluaga, de 18 años, recibió una llamada. No habló mucho, solo respondió con palabras entrecortadas y, al colgar, caminó con su hermana Paola hacia el cuarto. Hablaron en clave por un momento. De inmediato Lina y Paola se vistieron y salieron con una amiga del barrio. A las seis de la tarde empezaba a oscurecer en el pueblo cuando las hermanas abandonaron la casa. A esa misma  hora Amparo llevaba la  comida de navidad a su único hijo hombre, internado en una fundación para drogadictos. Al regresar, Amparo sintió un fuerte presentimiento, “una sensación extraña, una incertidumbre de madre”. Al llegar a su casa, entre la algarabía del año nuevo,  la amiga de sus hijas se le abalanzó llorando y diciendo que Lina y Paola ya no volverían.

A la mañana siguiente las hermanas Zuluaga no regresaron y Amparo y su familia iniciaron la travesía. La misteriosa desaparición de sus hijas coincidió con la de Diana Lorena Gómez, otra joven de 15 años que luego la propia Amparo, mientras las buscaba, encontró  violada y asesinada en las lomas del Mesón. Estas lomas conforman una colina a la salida de la ciudad,  reconocida porque en ella suelen aparecer los muertos de cada jornada y es allí  a donde acuden los habitantes cuando algún familiar no regresa a sus casas.  

Pero ni las lomas del Mesón dieron cuenta de Lina y Paola y con ellas  se inició una ola de desapariciones de habitantes, especialmente mujeres, que estremecieron el pueblo. Los pobladores dicen que fueron más de 50, entre los casos denunciados y los ocultos por temor a las represalias de las mafias. Fue el punto de partida de una ola de dolor. 

Como Amparo y Carlos cientos de habitantes de Cartago y sus municipios vecinos han vivido  las secuelas de la guerra,  ocasionada por el establecimiento de las mafias narcotraficantes que dieron origen al Cartel del Norte del Valle. 

El cartel del Norte 

Como las más poderosas mafias del mundo, fue conformado por clanes familiares que terminaron distribuidos por zonas, capital económico y jerarquías de poder. En Cartago, el municipio más grande del norte del Valle, sus habitantes se han convertido en testigos y víctimas de la violencia de las mafias. Especialmente desde  los últimos tres años, cuando las brazos sicariales de los capos Diego Montoya y Wilber Varela se enfrentaron entre sí en una guerra desbordada por las presiones del ejército sobre sus estructuras y las sospechas de traición entre sus miembros.

Reconocido por la Policía colombiana como el último gran cartel del narcotráfico en Colombia, y uno de los más poderosos del mundo, el Cartel del Norte se consolidó con el debilitamiento de los carteles de  Cali y Medellín, sobre una extensa llanura de pequeños municipios agricultores. Una cálida región que hoy está azotada por la guerra. 

En el viaje hacia la zona a lado y lado de la carretera se ven extensos cultivos de sorgo dorado y trigo, árboles de eucalipto, guayaba y naranja. La tierra es llana, el clima cálido  y a lo lejos se ven praderas con campesinos de  sombreros amarillos arando la tierra, trasladando  el ganado, retirando la uva, la papaya.  Pero la tranquilidad del recorrido contrasta con el miedo de los habitantes en el interior da cada pueblo.  

Las bandas sicariales  

Para finales del 2003, momento en que las masacres se vivían en  su punto más alto,   el gobernador del Valle, Angelino Garzón, convocaba a una  Gran marcha del silencio por el fin de la violencia, pues las cifras oficiales ya eran escandalosas y la Fiscalía reportaba 3068 asesinatos en el Departamento. Detrás de esa cifra se escondían toda serie de violaciones a los Derechos Humanos: asesinato sistemático de taxistas, tráfico de mujeres para la explotación sexual en Europa y para el envío de droga al exterior,  asesinato de jovencitas, reclutamiento de hombres jóvenes para la creación de bandas sicariales y ejércitos paramilitares, en medio de masacres continuas por las retaliaciones entre los capos.

La  Gran marcha del silencio no fue escuchada por las mafias y al año siguiente, durante todo el 2004, poderosas organizaciones criminales, conocidas como “Los machos” y “Los Rastrojos”, al servicio de “Don Diego” y Varela se enfrentaron entre sí por el exterminio mutuo. En Cartago se produjeron 180 homicidios y en los otros ocho municipios de la zona 286 asesinatos.    

Preocupado por la violencia desenfrenada, el Estado colombiano reactivó el  Bloque de Búsqueda, un sofisticado escuadrón móvil de 120 policías judiciales y carabineros,  para acabar con el Cartel. Aprovecharon las contiendas internas y las delaciones mutuas para tender una redada contra los principales jefes. La Policía anunció capturas en Cuba, Panamá, Bogotá, Cali y en los propios municipios del Valle. Ante la presión,  las bandas sicariales enfrentadas emitieron a mediados del 2005, comunicados donde anunciaban que acabarían los enfrentamientos. Pero tal parece que sólo fue una estrategia de guerra, pues, al finalizar el año, se habían cometido en los 9 municipios del Norte del Valle 407 asesinatos.

En el periódico local Cartago Hoy, el comandante operativo de la Policía Luis Gustavo Corredor, anunciaba que el balance era positivo porque, luego de hacer algunos cálculos, deducía que la criminalidad había disminuido en Cartago en un 7%. 

Pero mientras la policía captura los capos, los habitantes de la zona padecen cada alteración en las estructuras de las mafias.

Los enfrentamientos 

Cada que muere un patrón de la droga, un pequeño tsunami se vive en la región. No sucede así cuando el narco es capturado porque la gente sabe que desde la cárcel sigue mandando y puede ser peligrosa la traición y muy cruel la venganza. Pero cuando un patrón del narcotráfico es asesinado, se desatan guerras entre quiénes le seguían en la jerarquía de su organización y los demás patrones que empiezan a disputarse  la zona que controlaba.

Generalmente, le aparecen deudas que luego obligan a sus familiares y lugartenientes a entregarlo todo, o a defender los bienes con la propia vida.

Los subalternos quedan desprotegidos frente a las otras bandas. De inmediato pierden la entrada de dinero y se hacen vulnerables. Se inicia allí una cacería humana por el control del territorio. Los demás patrones fijan un precio por las cabezas de los sicarios que trabajaban para el difunto y envían sus propios esbirros para exterminar a los sobrevivientes.

Así ocurrió con la muerte de Chamorro, a mediados del 2005, el sicario relacionado con más de 500 homicidios. Fue torturado y asesinado. Era el jefe de la banda y con su muerte todos sus lugartenientes quedaron desprotegidos. Algunos fueron asesinados y otros permanecen escondidos.

En Cartago, durante el 2005 los médicos de Medicina Legal tuvieron bastante trabajo,  realizaron 220 autopsias por homicidios, 130 a cuerpos de personas menores de 29 años.

En las estadísticas de muertos Carlos, el joven campanero, pudo ser el 221. Lo sabe  y no sale a la calle, aguardando a que se acabe el exterminio para ganarse la protección de otro patrón. Seguirá en el negocio. Ya poco queda de ese joven que años antes jugaba fútbol desprevenido en una cancha polvorienta del pueblo y soñaba con ser el capitán del América. Su vida ha cambiado. La de su madre también. Una mujer envejecida y seria que mira con desdén a cada persona que se acerca  a su hijo. Lo crió asando arepas con mantequilla, cuando sus energías lo permitían. Ahora sólo la acompaña la angustia de saber que en cualquier momento podría perder a su hijo. 

¿Por qué Cartago se convirtió en una trinchera de la guerra?, me pregunto al ver sus capillas coloniales de una arcilla naranja y dura, su Casa del Virrey, una monumental obra arquitectónica construida hace más de cuatrocientos años para recibir la visita de un Virrey que nunca llegó. Por todo el pueblo se ven talleres de bordado artesanal, hechos por mujeres. Se reúnen con sus hijas a bordar sobre lino y algodón, y entre madejas de hilos y telas, aplican el calado, el rococó, las randas, el pasado y el punto de cruz, para plasmar casas, flores y mariposas de colores. Muchas de las mujeres son  viudas que sobrellevan su vida a través del tejido, como una forma artesanal de combatir el delirio de la guerra. 

Por su parte Amparo Zuluaga continúa la búsqueda de Lina y Paola. Además de su dolor de madre, debió soportar los señalamientos que la culpaban por la desaparición. Debió atender la crisis nerviosa de Adela y Angie, las dos hijas menores que ahora solo van en taxi al colegio y al regresar de clases, pasan todo el tiempo encerradas en la casa. Todas iniciaron un tratamiento siquiátrico. “…Pero eso me hacía más daño, vivía sedada, como boba, me desequilibré y sentí que me estaba enloqueciendo. Dañé los pantalones y camisas de mi marido y luego no recordaba nada”. Cada que veía la camioneta de la Fiscalía que transporta los cadáveres Amparo caía desvanecida. Esto ocurría muy a menudo, pues la zona urbana de Cartago no son más de 40 calles.  

Pocos días después “no aguantaba más el dolor y la culpa, le pedí dinero a mi esposo y me fui hasta el Viaducto de Pereira”. Un puente colgante de 2.850 toneladas y 55 metros de altura, equivalente a un edificio de 30 pisos. Fue inaugurado  en 1997 como un atractivo turístico de la región. Pero se convirtió  en el sitio preferido para los suicidas que incluso llegaban desde las ciudades vecinas para garantizar allí su muerte. Cuando Amparo se dirigió hacia el Viaducto,  53 personas ya se habían lanzado. “Llorando me paré sobre una baranda para lanzarme al vacío”. Pero la policía ya estaba alarmada y había dispuesto varios bachilleres para cuidar. Uno de ellos alcanzó a sujetar a Amparo y otras personas acudieron en su ayuda.

Ella nunca ha encontrado los cuerpos de Lina y Paola y ahora confiesa que su única esperanza es que hayan sido vendidas en el negocio de trata de blancas, para prostituirlas en Europa. 

Los jóvenes de las bandas 

La violencia en el Norte del Valle ha dejado una estela de muerte en las calles, convirtiendo a los habitantes en las principales víctimas; los jóvenes son la población más vulnerable al narcotráfico, pues se vuelven  víctimas y victimarios.

“Un día mi jefe me llevó a una de sus casas y  me mostró un televisor pantalla plana, un teatro en casa y una nevera llena de comida; tenía ropa fina  y zapatos de marca en el piso y me dijo: “sabe qué, escoja lo que quiera”, y yo de una cogí los zapatos más vacanos y luego me dijo que si volvía al otro día me entregaba una moto y me decía cómo eran las vueltas” Así fue como entré. Contó en medio de una charla de cuadra, un joven sentado en su moto RX  a unos muchachos que lo escuchaban con atención devota.  

“Son jóvenes como usted o como yo, sólo que sin empleo, con una mujer que luego de embarazada la llevan a vivir a la casa de su madre y luego de aguantar muchas necesidades, deciden medírsele a lo que sea, con tal de conseguir dinero”.  Dice un hombre de 25 años que vende ropa en un almacén de la ciudad. Lamenta la desaparición de uno de sus compañeros de estudio, vinculado con una banda de sicarios. Mueve las manos  de un lado a otro para mostrar vehemencia y agrega, “yo no me volví sicario porque a todos los de mi barrio ya los mataron y eso fue algo muy doloroso, pero, tal vez, si estuvieran vivos, seguramente estaría con ellos”. 

”Cuando uno sabe que puede ganar tanto dinero, se pierden las ganas de trabajar en cualquier otra cosa, porque nada lo pagan mejor”, dice Andrés, un joven que compartió apartamento con un miembro de las bandas. Conoció de cerca las armas, las municiones y las cantidades de dinero que manejaban los sicarios. Confesó que se vio tentado a trasladar un cargamento de droga, era  tan grande que recibiría 40 millones de pesos si lograba llegar a su destino. No aceptó por miedo a perder la mercancía en la travesía, pues habría pagado el precio con su vida. Además lo asustó la advertencia de su compañero: “Pelao, este trabajo es  como venderle el alma al diablo, solo que las culpas no se pagan en el otro mundo, sino que todo  lo cobran  en vida, con tortura y también con la muerte”.

Andrés, que venía hablando claro y pausado, de pronto se emocionó recordando la primera vez que agarró una pistola Pietro Beretra. “Cuando uno tiene un arma de millones en las manos, se siente algo muy extraño, es un poder muy vacano”.

Poco después recuerda  que en una ocasión le ofrecieron un millón de pesos por asesinar a un comerciante implicado en un robo. “Esa vuelta era facilita, sólo necesitaba alquilar una moto y una arma por 400.000 pesos y tumbar al tipo a las 7 de la mañana que abría su almacén”. Esto lo contó con tanta emoción y tranquilidad que no sorprendería si luego se vincula directamente con la mafia. 

Algunos jóvenes confiesan que  aspiran  ingresar a las bandas para ganar el respaldo de un patrón. Saben que la ciudad es peligrosa y buscan tener un jefe del que puedan decir que son sus empleados, para ganar así el  respeto de la gente, que es el respeto del temor. Paradójicamente, buscan entrar a una banda que posea armas y poder para sentirse protegidos.  

Como en cualquier oficio se fijan salarios y bonificaciones. Los jóvenes ganan 650.000 pesos mensuales más bonificaciones por trabajos adicionales como cobro de deudas, secuestros o asesinatos. Reciben además un auxilio de transporte en gasolina para las motos y de comunicaciones en tarjetas de celular. Firman comprobantes de nómina y, a cambio, ofrecen total disponibilidad y lealtad a la banda. Inician como campaneros, que son los que vigilan en las calles. 

Alcanzar una riqueza desmesurada, es el principal objetivo de quienes entran en el negocio. Los principales narcos del Cartel fueron en su mayoría pobladores rurales, campesinos oriundos con pocas oportunidades de progresar,  vendedores ambulantes y jornaleros, que un día se revelaron contra el porvenir de la miseria y quisieron tener una casa grande, un carro de lujo, ropa de marca y el respeto de sus coterráneos.

Cuando tomaron el control materializaron su poder en ostentosas fincas y estrambóticos sitios de entretenimiento. En la zona rural del municipio, que representa el 94% del área total, grandes extensiones de tierra pasaron a manos de los narcotraficantes. Cuando la Policía  allanó algunas haciendas de la zona, encontró propiedades por más de 270.000 millones de pesos. Al llegar a Cartago uno se encuentra con Keop´s, un centro recreacional con la forma de la pirámide egipcia, piscinas con olas artificiales y una discoteca adornada con tigres disecados y fuentes ornamentales.

En el área urbana se construyeron modernos condominios con  casas enchapadas en mármol, piscinas, y lagos privados.  Algunos ciudadanos expresan su temor de que el Cartel se acabe y con él, todo el dinero ilegal que sostiene la débil economía del pueblo. 

Duelo en Cartago 

Una vez al mes la Diócesis de Cartago organiza un misa en el interior del Cementerio Diocesano, el mayor de los siete  que tiene Cartago. Además de este, hay un cementerio exclusivo de los evangélicos, otro de los conductores y uno perteneciente a una Sociedad de Auxilio Mutuo, de pobladores que pagan mensualidades para cubrir los gastos funerarios de los familiares que lleguen a morir.  

Los visitantes llegan al cementerio con ramos de hojas blancas y amarillas y se distribuyen a lo largo de callejones angostos donde, a lado y lado,  reposan en, pequeños compartimentos,  los restos de las víctimas.

Las fosas sobre las paredes permiten que, cada cuatro años, puedan retirarse los restos mortuorios para dar abasto con el número de muertos. Aun así, y a pesar de tener siete cementerios, las fosas escasean por épocas  en Cartago.

Antes de que inicie la misa, los visitantes revisan la tumba, quitan el ramo viejo y ponen el nuevo. Son en su mayoría mujeres, algunas acompañadas de sus padres e hijos.  Luego inician un susurro de oraciones en coro: “Oh divino niño, consuelo de los cristianos, tú, que sabes de mis pesares, pues todos te los confío,  pongo en tus benditas manos la paz de los turbados y alivio al corazón mío”. 

Mientras Carlos, el joven campanero, espera que otro patrón se apodere del pueblo para volver a trabajar, Amparo Zuluaga aún tiene la esperanza de volver a ver a sus hijas con vida, aunque asegura que la suya nunca volverá a ser igual, “han quedado marcas que nunca borrarán”. Por temor en el pueblo solo se menciona en voz baja, que las desapariciones de las jóvenes se deben a que uno de los capos fue contagiado de Sida y éste quiso vengarse con las mujeres el pueblo. 

La última vez que fui a ver a Amparo, la noté especialmente triste. Su padre falleció el 1 de marzo, a sus 89 años, por causa de cáncer en un riñón. “Parece que Dios me está poniendo a prueba”, me dijo con la mirada clavada en el suelo. No tuve palabras de consuelo. Se despidió con una voz suave y apagada, “Temo por usted, cuídese mucho”, me dijo mientras regresaba a su casa.

En febrero de 2004 fue asesinado Oscar Alberto Polanco, el director del noticiero local de televisión CNC. Algunos periodistas del pueblo confiesan que cuando la Policía realiza alguna captura,  si es un jefe con poder, omiten la noticia.

 

El Bloque de Búsqueda ha capturado los principales capos, Arcángel Henao alias “El mocho” y Luis Hernando Gómez Bustamente, alias “Rasguño” ya están tras las rejas, pero los habitantes saben que sólo es cuestión de tiempo para que otros asuman el control, mientras las pequeñas guerras para defender los pequeños poderes y fortunas continúan. Los cartagüeños, que a un viajero desprevenido no dejan de parecer amables, siguen llevando la procesión por dentro.

A pesar del dolor, la vida debe continuar en Cartago. En épocas especiales los colegios desfilan con sus bandas marciales, entonando hermosas canciones por las calles, mientras las mujeres tejen  en sus casas paisajes de campos fértiles y sosegados, como si estuviesen reconstruyendo así, el tejido de sus propias vidas.

 

 

 

Página realizada por Kevin García. Diseño inspirado en Culture on the edge. 2007